If there was
an answer, a meaning, would it make you any happier?
-The
beginner's guide
Acá arriba no
sentís nada y todo es blanco, muy blanco. Las paredes blancas sin vértices
parecen moverse gradualmente, por eso es preciso mantener los ojos cerrados o
la vista fija en la única puerta que da al pasillo. Nadie quiere perderse en
una cámara circular y nunca más encontrarse. El suelo es blanco y ligeramente
frío. No puedo discernir el material del que está compuesto, pero es áspero al
tacto; puedo notar formas y relieves bajo mis pies, pero las luces son
demasiado intensas para dejarme ver. Las luces blancas. ¿Por qué es todo tan
blanco? El techo también es blanco. Hablé con Velázquez sobre el asunto este de
por qué tanto blanco, pero desestimó mis quejas. Ahora me observa por la
ventanilla de la única puerta que da al pasillo. Un grupo de personas con ropas
blancas me observa, tomando notas en libretas de hojas blancas. Tengo que
marcar los botones en un orden preciso. Pienso en un número de teléfono. El
número de alguien en particular. Cuatro. Nueve. Cinco. Tres. Uno. Tenés 0
mensajes nuevos. La brisa del verano. Trenes que arrancan y se detienen.
Aviones que aterrizan y despegan, surcan el cielo, unen la tierra. Un pequeño y húmedo destello de otoño
meciendo las hojas en los árboles del parque. Cinco. Ocho. Tres. Sábanas vacías. El
calor de una noche de febrero. Pájaros murmurando el amanecer. Apagones y velas
blancas. Lámparas rotas. Todo va a estar bien. Seis. Siete. Uno. Tres.
Nada. Nadie.
Salgo de la
sala casi arrastrándome, mis pies se sienten pesados, los dedos en mis manos
como diez gotas de agua diluyéndose en el océano. Una fina línea de sudor brota
desde mi sien y es lo único que altera el meticuloso paisaje. El rostro
taciturno de Velázquez me contempla. Los siete rostros taciturnos de Velázquez
me contemplan.
-Tiene que
olvidarse de pensar. Es la única manera.- Su voz es un susurro repleto de
frustración, porque acá arriba todo se oye a través de un muro invisible, el
murmullo de una maquinaria secreta que intenta taparlo todo, pero no puede esconder el pánico que comienza
a asolar los rostros.
-Lo sé. Pero
si fuera tan fácil- Digo.
-Todo depende
de usted.
Lo sé.
Conozco cada una de las palabras porque acá arriba no sentís nada y todos los
días son el mismo día.
-Mañana
volveremos a intentarlo.
A través de
una puerta al final del pasillo, de a una a la vez las personas van abandonando
el recinto. Caminan lentamente, a pasos calculados, dejando el correcto
espacio de un brazo entre cada una de
ellas. Hago lo mismo en último lugar. Las luces se apagan automáticamente
detrás de mí. Afuera, en los grandes salones circulares, no hay mucho para
hacer. Alguien riega las plantas en el claustro de hidroponía. Los vegetales y
las flores que mantienen a flote la empresa. Alguien más repara los tubos
halógenos averiados, o los reemplaza por otros. Mantener el correcto grado de
iluminación es una tarea vital. Es preciso mantener el blanco más puro en los
laboratorios o el proyecto corre peligro de echarse a perder. Quizás. Supongo.
Otra persona se encarga de ordenar las barracas, los baños y las duchas para
que el resto tenga más tiempo de teorizar y ensayar. Más arriba, a la derecha
del comedor, hay una sala con juegos de mesa y una biblioteca con un catálogo
considerable de libros. Sin embargo, ya nadie juega y nadie lee por aquí. Solo
quedan los experimentos que siempre cambian y nunca cambian. Ese es el juego,
alguien, usualmente Velázquez, aparece con una nueva idea sobre las recamaras
circulares. Son seis en total, similares a una pecera, aunque tres fueron
perdidas en el accidente de hace un año. Sucedió en un instante, como un
milagro ruin, todas las superficies se iluminaron y refulgieron de rojo y fuego
y un aullido estridente desgarró el susurro permanente de la instalación. Sin
embargo, no tardó en apagarse, y, cuando se el humo se disipó, el rostro
calmado de Velázquez se posó sobre mí, y no tarde en reemplazar a Cristaldo. De
las restantes, la de los botones es la que más usamos. Palavecino está
convencida de que esa sala es la clave, aunque solo sea por descarte,
superstición o vana esperanza. El pensamiento mágico reina en estos últimos
días. Por supuesto, no todes coinciden.
Sierra y Benavidez sugieren que las tres válvulas presentes en otra,
representan a la sagrada trinidad, y que la fe nos llevará a la redención. No
hace mucho, realizaron una muestra con las conclusiones de su investigación.
Ese día se detuvieron todas las actividades para la exhibición. Por supuesto,
no pudieron convencer a Velázquez. La otra cámara, la tercera, está más
apartada, sujeta en medio de las que fueron atrapadas por el fuego. Ya casi no
entramos allí, a menos que alguien aparezca con un proyecto novedoso. De todos
modos, no hay mucho para ver. En el centro del recinto cuelga un péndulo que
desciende paulatinamente hasta rozar el suelo, y luego asciende a su posición
original con la misma tranquilidad. El suceso ocurre tres veces al día. En un
momento, surgió una hipótesis que conectaba esa cámara a la cámara del pozo, y,
para los más osados, eso conectaba las seis cámaras, y su totalidad era
necesaria para resolver el problema. Lamentablemente, esto fue imposible de
corroborar cuando el pozo se perdió en el accidente.
Evidentemente,
no conozco suficiente sobre el mundo científico para poder aportar algo más que
mi cuerpo como conejillo de indias. Al ser la única persona que se ofreció
voluntariamente a reemplazar al difunto y calcinado Cristaldo, se me trata con
cuidado especial. La persona a cargo de la operación, Velázquez, teme el caos
que podría desencadenarse al no aparecer alguien que se someta a las pruebas
voluntariamente. Si nadie quiere hacerlo y alguien tiene que hacerlo, entonces
se recurriría a métodos crueles de selección y una rebelión podría surgir entre
quienes rechacen completamente los designios. Por eso se me conceden ciertos
privilegios, los mejores aposentos, las mejores comidas y acceso irrestricto a
todos los niveles de la división. Deambulo por las instalaciones hasta que los
alto parlantes dicen mi nombre. Las palabras me encajan de nuevo a este lugar.
Mi nombre es el lazo atado al cuello, y Velázquez sostiene el otro extremo.
-¿Cómo se
siente hoy?- me pregunta Velázquez, cuando llego a su oficina personal, otra
sala circular, blanca, como una mañana muy blanca, y una sola silla en el
medio. Me acomodo en ella, mientras Velázquez deambula lentamente por el
recinto, sus pasos son el único eco en el lugar.
-Como todos
los días. Los sentimientos no varían aquí arriba.
-¿Arriba?-
Inquiere.
-¿Estamos
arriba, verdad? Este es el último piso.
-Ah… por
supuesto.- Susurra.- En ese sentido estamos arriba. Pero no diría que los
sentimientos no varían. La desesperación es como el blanco, sus matices son
difíciles de notar cuando predomina, sin embargo si se agudiza la vista, pueden
notarse las variaciones. Cada día que pasa, me convenzo de que el
acontecimiento se acerca, y necesitamos encontrar la solución. Pero usted sigue
pensando. ¿Por qué se aferra tanto a lo que su cabeza tiene para decir? Si aquí
no hay más que el blanco, y el blanco lo es todo, ¿por qué no permitir el
blanco también en los pensamientos? El blanco es la clave.
-¿Cómo llegó
a la conclusión de que el blanco es la clave? La epifanía también es
pensamiento, Velázquez.- Respondo, y me mira con algo que asemeja a la pena en
los ojos- El blanco es otra deidad a la que rendirle culto, una seguridad a la
que aferrarse. Las seguridades no pueden otorgar calma al pensamiento, porque
provienen de él.
-El escéptico
cuestiona al dios aunque no exista. La única realidad incuestionable es la del
cuerpo, nuestros cuerpos sangran, duelen, y dejan de funcionar. El
acontecimiento lo clamará todo, ya tomó las primeras tres cámaras y continúa su
marcha. Tal vez no suceda hoy, ni suceda mañana, pero en algún momento, sus
días dejarán de ser el mismo. Necesitamos la solución. -sentencia y abandona su
propia recámara. Ningún eco se oye.
En los pisos
inferiores predomina el gris. El blanco se descascara constantemente. Los
depósitos rebalsan de oscuridad y cajas vacías o repletas de artilugios
descompuestos. De tanto en tanto atravieso los laberínticos canales de
multiformes paredes de cables y plástico. Hay murmullos, corredores sin salida,
puertas automáticas averiadas. Cordones y alambres se pierden por las rejillas
del suelo, por los ductos de ventilación. Creo que cada vez son más los pisos
inferiores. El trayecto se siente en cada ocasión más prolongado. A veces bajo
al último subsuelo, donde tienen guardada a Kyrat, una especie de súper
computadora capaz de sentir y funcionar como una persona. La uso para jugar
Okami en un emulador de ps2. A veces me habla. Se queja de la humedad, de la
soledad. Suelo contemplar lo absurdamente fatal que es haber sido creada para
una finalidad que no podía alcanzar, poder sentirse de lleno en el fracaso de
las cosas. Discutimos lo profundamente inhumano que es ser abandonada por no
ser capaz. En lo trágico de su desgracia, Kyrat se oye más cercana a la imagen
que tengo de la humanidad. Suele ser una compañía más agradable que aquella de
las personas de gorro de punta y batas blancas, exudando teorías absurdas sobre
el fin del mundo. En toda su artificialidad, Kyrat es un producto natural de
aquellas teorías absurdas sobre el fin del mundo. En etapas iniciales, quienes
ostentaban el poder decidieron que una maquina era la solución perfecta al
problema, porque una computadora era incapaz de pensar como un ser humano.
Entonces crearon una computadora capaz de pensar como un ser humano y la
desecharon cuando no cumplió las expectativas. Ella suele preguntarme por la vida en la Tierra. Ese charco
fangoso.
Y cómo es. Y pienso en
los edificios del centro, en el departamento de Vi, en la gata que me odiaba y
me mordía los dedos de las manos cuando quería acariciarla, en las meriendas
desnudes, muffins de arándano y café en la cama, en su cama grande. Respondo que los parques nacionales, que las
montañas, que los paisajes, que los ecosistemas, que la fauna marina, que los
templos en Bután que nunca visité y solo conocí por fotos de internet.
Y el amor. Amor eran
las decisiones, las mil y un tazas de té que dejé enfriando demasiado tiempo,
las galaxias, las explosiones, y también eran sustancias químicas jugando en el
cerebro. Lo bello.
Y si la vida
era tan bella por qué entonces pasar tanto tiempo reproduciendo lo no bello. Ni idea.
Por qué
relegar al tiempo libre lo divino. No más clases de filosofía, por
favor.
Y no era la
comunión la mejor opción. Skip.
No fue
siempre la comunión la mejor opción. Skip.
Por qué
evitar la comunión si era la mejor opción. Skip, skip.
Cuando todo
pase. Si
todo pasa.
Porque todo
está destinado a dejar de suceder, las variables no son infinitas y podría
calcularlas si tan solo -no te olvides de guardar el juego-. Ctrl F5.
¿Me vas a
venir a buscar?
Pienso todo el tiempo en qué haría si todo esto acabara, estoy tan acostumbrade
al proceso, que la sola idea de ver una luz no artificial, beber agua de la
lluvia o percibir otros colores que no sean gris plomo y blanco me aterra.
Sinceramente me aterra.
La soledad es
una dama cruel.
Tenés 0
mensajes nuevos.
Aquella noche
me animé a entrar a mi departamento. Nunca logré deshacerme de las llaves.
Estaba todo como la última vez. Las paredes pintadas de azul cielo y las
manchas de humedad reptando lentamente desde el techo. La cama deshecha. Las
bolsas de basura que debían llevar semanas o meses juntando gérmenes en un
rincón, el polvillo constante de una persona descuidada. El espejo vacío del
baño. La lamparita rota. Mil ropas apiladas en una silla. La televisión
desenchufada, pero la consola conectada, inútil combinación. Todo tan estático,
un almohadón negro del sofá en el suelo. La otra silla junto a la pava y una
taza de té a medio beber en la mesita de la sala. El saquito de té aún en la
taza, enmohecido por el paso del tiempo. Extrañas sustancias blancas flotando
en la taza. El teléfono marcaba las veinte y cincuenta y dos del dieciséis de
febrero de 1908. Sonreí levemente al pensar que nunca lo configuré
correctamente.
-No todo lo
que hago o digo es un grito de auxilio, pero no me molesta que vengas a rescatarme.-
murmuró Vi una madrugada. Tomándose las rodillas debajo de la mesa me miró con
sus ojos que temblaban como dos exhaustas lanzas de vidrio inyectadas de
sangre. Luego se levantó sin decir nada y fue directo a la computadora, abrió
la misma partida de Civ que llevaba años jugando, y más años pasaron. El mundo
cambiaba muy poco entonces, cada hexágono era un pantano desolado y ruin. Los
turnos dispuestos para la campaña ya se habían agotado, pero Vi decidió seguir.
Continuar, a pesar de la futilidad de la empresa, era un defecto que
compartíamos. La degradación se había
convertido en una constante, pero ese mundo se resignaba a extinguirse. Vi
seguía clickeando, y, mientras no dejara de hacerlo, ¿quién podía decir que el
juego había acabado?
Solía usar
ropa de color amarillo, la imagen de su atuendo reposa fija en mi mente, como
un infantil dibujo de un deforme y gigantesco sol sonriente pegado a la pared del dormitorio. Vagas ideas
de lo que alguna vez fueron los colores aun retornan a mí, y, si el blanco es la
clave, y si deshacerme de esos recuerdos es mi deber, entonces creo que el
acontecimiento será irrefrenable. Porque
antes del primer acontecimiento todo se sentía tan vivo, incluso la noche
parecía bailar. Acabar con los más vívidos recuerdos es un acto atroz, más que
cualquier fin del mundo.
El congreso
de prestigiosas personas de ciencias se mueve como un bloque hacia mí. Sin
mediar palabras es que entonces me arrastran una vez más al estrecho pasillo de
las cámaras circulares. Nadie emite
palabra alguna, pero me observan expectantes. La decisión, a fin de cuentas
recae sobre mí, pero no puedo evitar pensar que hay motivos ulteriores, que aun
al desnudo y al filo del acontecimiento,
escucharé, apenas abra una puerta, el sonido de los lápices escribiendo
en las libretas. Las palabras juzgándome como un espécimen de laboratorio, como
una persona desterrada a las paredes blancas y la camisa de fuerza del
manicomio.
Reconozco la
sala como aquella de los botones, Velázquez no se rinde con este recinto. Ve
algo que no veo, porque no veo más que blanco y no se me ocurre qué puede
ocultar, qué sutil secreto escapa a mi mirada, qué respuesta no alcanzo a oír
con mis oídos tapados de frustración. El calor de la duda incondicional
perforando mi nuca me aturde. Si supiera, si tuviera una guía más allá de las
blancas palabras, de los debates científicos, de las búsquedas de significado,
del rechazo al significado. Las verdades y las mentiras bailan de la mano y
convergen en un cuerpo único delante del brillante y blanco escenario. Busco
una respuesta entre las miradas, pero el congreso de los magos murmura palabras
que no van dirigidas a nadie y es que acá arriba no hay certezas y todo es
blanco, muy blanco. Las paredes y el suelo brillan incandescentes. Los rígidos
labios de Velázquez parecen formar una palabra. Sus ojos se curvan al decir mi
nombre. No alcanzo a oír, pero sé que ahora todo el mundo está en silencio.
Tenía ocho
años cuando me perdí en aquel enorme supermercado. En un largo pasillo
blanco transitaban personas de rostros
difusos, aferradas a metálicos changos, que rebalsaban de productos obtenidos
de las góndolas. Recuerdo un inusitado frío que provenía de mi izquierda, donde
descansaban productos lácteos. Sin embargo, mi mano se sentía cálida, alguien
la sostenía. Aquellas personas parecía hablar en susurros sin motivo alguno, no
existía otro sonido más allá de esas débiles voces, y resultaba difícil
discernir las palabras. Cuando noté que la otra mano me había soltado, las
voces estallaron en quejidos, todo se volvió más grave, pero seguía siendo un
ruido vacío, un grito inútil que retumbaba en mi cuerpo. El insoportable ruido
se trasladó a mis ojos, mal formes figuras comenzaron a emerger, moviéndose
erráticamente a través del lugar. Traté de enfocarme, quise buscar un rostro
conocido, pero no había rostros, solo el ruido de las bolsas cayendo en los
carritos, el eco mudo de los zapatos, y esas voces, esas voces con dientes que
parecían agitarse en torno a mi cuerpo. Me dejé caer en el suelo blanco y
mugroso. Me abracé a mis rodillas, quien sostuvo mis manos en otro momento no
se encontraba en ningún lugar. Me había dejado en una estantería aleatoria,
como a un producto súbitamente indeseado. Los enormes cuerpos colosales de
aquellos seres, aquellas cosas desconocidas que designé personas, arremetían
contra mi cuerpo, se arremolinaron hasta el colapso. Y, de repente, me agobió
una oscuridad asfixiante, como en el fondo del mar. Entonces los alto parlantes
dijeron ese nombre que ya no era el mío. Ese nombre que desde ese momento y
para siempre se referiría a alguien más.
Y me dejé hundir hasta el fondo del abismo.
Es el color
blanco, el color que me ata y me retiene el que me lo dice todo. Se trata de
los colores. Rojo. Azul. Verde. Rojo. Azul. Verde. Vagabundas figuras deambulan
por el recinto, parecen formar palabras, enigmas indecisos en un lenguaje
inefable. No tiene sentido ahora. Pero si pudiera recordar el significado de
los colores, podría conectar los puntos, marcar el correcto orden de los
números y descifrar la clave. y terminar con la calamidad. Pienso en los
colores. He visto esos colores. El verde prístino de las plantas del
departamento de hidropónica que crecen hacia un sol equivocado, el rojo de la
sangre que brota de las encías y el óxido que todo lo corrompe. El sueño azul
del océano infinito, de las palabras que me anclaron a este océano sin voz.
Imagino sus matrices. Los pálpitos frescos, gritos agudos de vida de un
vegetal. El cálido y espeso líquido mezclado con saliva que se escurre entre
las manos. Y el azul. El azul. No recuerdo el tacto del azul, no recuerdo sus
fauces tibias. Se desvanecen, se filtran los pensamientos. Los colores intentan
escapar. Y acá arriba todo es blanco, realmente muy blanco, y las paredes son
correas que me atrapan y correas que me sostienen. Me adhiero al cemento. Me
pierdo y me dejo ir sin llegar a ningún lado. Trato de mantener la calma, pero
todo es tan frágil que es fácil perderse. Trato de mantener la calma, la recta
final se difumina en el horizonte. Trato. Me concentro en lo que realmente me
importa, las inefables hambre y sed que me agobian. Lo que daría por una taza
de té o un vaso de agua fresca. Me concentro en las meriendas para no soltarme.
Y ahí está. Una cuchara sucia de azúcar (blanca), un saquito de té
reciclado, el dulce sabor a flores de
los arándanos. Toma unas bayas del bowl y se las lleva a la boca con suavidad.
Sonríe con sus dientes manchados, con sus húmedos labios y su lengua azulada.
Esa es la textura que busco.
Rojo. Azul.
Verde. Los botones se contonean, susurran y tiemblan. Ahora todo cobrará
sentido. Rojo. Azul. Verde. Los botones bailan. Este es el desenlace. Rojo.
Azul. Verde. Rojo. Azul. Verde. Nada. Nadie. Nunca. El acontecimiento es
inevitable.
Un calmo
zumbido desborda la habitación, y en un instante la luz de las cosas se apaga. Este
es el acontecimiento, el momento en el
que todo termina de acabar. Velázquez me mira, la estatua que fue Velázquez me
mira. Acá arriba ahora todo es negro, excepto por los ojos del pasillo que
convergen una gigantesca y monstruosa boca eternizada en una mueca de horror y
grito inagotable. Todo se ha detenido, menos mi cuerpo, menos las luces que,
como estrellas, se apagan una a la vez asesinando la ilusión de ese blanco puro
y siniestro. Esta cámara circular es mi arroyo del búho. Antes de que el grito
acabe, puedo realizar un último acto. La botonera emite un silbido que se niega
a abandonar el recinto, pero eso ya no me ata. Lentamente abro la puerta, cruzo
por entre los brazos agitados en retorcidas figuras, dejo el pasillo, camino
con solo el silencio de mis pasos y las luces que se desvanecen como compañía.
Sin esfuerzo me lanzo a la última escotilla, floto en el aire como una flor en
el agua, como una astronauta averiada en el oscuro pozo que es el espacio. El
gran océano se abre ante mis ojos, inusitadamente iluminadas, las aguas y algas
y rocas me guían hasta las ruinas sumergidas de la ciudad. Cadáveres de casas y
edificios abandonados al imperio de lo ruin y lo pelágico forman arcos y
callejones por los que alguna vez nadaron peces y ya ni siquiera eso. Viejos
vehículos se oxidan perpetuamente y los grandes carteles publicitarios intentan
fructuosamente vender viejos productos a los nuevos habitantes del planeta. Aún
no hemos muerto. Y si Kyrat está en lo cierto, y el acontecimiento
eventualmente llegará a su fin, ¿Qué pensarán nuestros sucesores de todo esto?
¿Se burlarán de nuestros absurdos intentos de conseguir la inmortalidad? ¿O
temerán? ¿Contarán la historia de aquella persona que se libró de las fauces
del fin por tiempo suficiente para morir en su viejo hogar?
Bajo por la
avenida, autos viejos y colectivos abandonados ya hace mucho se amontonan como
buscando protección en la multitud. Nado por kilómetros en un instante, la
ausencia de tiempo lo facilita todo. El
cartel que indica la bajada a mi calle aun retiene algunas letras, negándose a
dejar de indicar, a dejar de cumplir el propósito para el que fue creado. Y
creamos tantas cosas con fines tan nimios, tantos artilugios inútiles que nos
sobrevivirán. Finalmente llego al edificio. Aún entre las ruinas parece un
palacio depreciado. Atravieso las puertas, subo las escaleras y entro a mi
departamento. Todo está como aquella noche, ni la catástrofe puede curar el
desorden. Me acerco a la heladera, la
lamparita se rompió hace ya mucho, tomo una fría lata de cerveza y me dejo caer
en el sillón. Cierro los ojos antes de tomar el último trago.
Y en un
instante todo lo que se detuvo estalla. Las aguas se arremolinan y me
arrastran, los peces del abismo se iluminan en figuras bestiales. Un torbellino
me lleva hacia el exterior, bajando las escaleras, atravesando las puertas con
furias, me empuja a través de la
avenida, por entre el cementerio de vehículos, por el laberinto de arcos
y pasajes de cemento y hierro, de regreso a la escotilla, al interior de la
instalación, al pasillo del piso más alto y a la botonera y todo es blanco, tan
blanco. El grito se ahoga en el pesado murmullo de la maquinaria siniestra y el
silbido final se difumina en un simple eco y no sé qué sentir, porque acá
arriba no sentís nada, y todo es blanco, como el acontecimiento.
El gremio de
alquimistas forma un círculo a mí alrededor y alcanzo oír gritos de júbilo y
vitoreo. Las sirenas suenan estridentes y la plataforma abandona lentamente el
fondo del océano en dirección a la superficie. Llegan noticias de otras
instalaciones; el acontecimiento ha cesado, el enigma ha sido resuelto, la
tierra es habitable una vez más. Todes me felicitan y me abrazan, con excepción
de Velázquez, que me mira a los ojos y sé que sabe. Sabe de las ruinas y del
fin de los tiempos. Sabe que mis intentos fueron un fracaso, sabe que abandoné
la misión cuando la creí imposible, sabe que, aunque el acontecimiento haya
sido anulado, no fue gracias a mi esfuerzo. Fue alguien más. Alguien más lo
hizo.